20 de febrero de 2015

EL ODIO DESTRUYE Y TRANSFORMA EN DEMONIO



EL ODIO DESTRUYE Y TRANSFORMA EN DEMONIO


 No aceptamos correcciones, limitaciones, no queremos corregirnos, encaminaros, solo defendemos el abominable orgullo, un delirio infernal.

 Si no aceptamos las limitaciones, las correcciones, vamos a seguir padeciendo como condenados por ser renegados odiosos y resentidos que se enfurecen queriendo ganar, imponerse, prevalecer.

 Irremediablemente las sufrimos las vamos a sufrir, de nosotros depende aprovecharlas, tomarlas, aceptarlas.

 A todos nos toca padecer limitaciones, humillaciones, correcciones. Esto es bueno porque ahí podemos limpiarnos, liberarnos del orgullo, crecer, madurar, olvidarnos de nosotros mismos.

 Somos unos ególatras miedosos preocupados por sí que no han madurado, que se convierten en odiosos cerdos resentidos y desamorados que se creen justificados para odiar.

 Creemos que nos justifica el odiar esas correcciones, limitaciones, lo que padecemos, las humillaciones. La verdad es que odiamos porque queremos, por odiosos, renegados, porque estamos podridos, porque no queremos aceptar limitaciones.

 No vemos lo que realmente sucede, pero es así y ahora nadie va a poder decir que no lo sabía: No hundimos-encerramos en nosotros mismos, no hacemos otra cosa mas que pensar en el abismo de egolatría narcisista infernal en el que nos convertimos al renegar de Dios.

 Ahí surge miedo, crece la preocupación, naufragamos en tinieblas, nos deformamos como demonios porque dominados por el miedo generamos caprichos, odio, furia, maldad, queremos imponernos, ganar, prevalecer, reinar, hacernos obedecer.

 Nos pudrimos en vida, por alejarnos de Dios que es la Fuente de la Vida, por encerrarnos, encapricharnos, por rengados, porque queremos miedosamente ganar, triunfar, imponernos, prevalecer, reinar, imperar.

 Llevamos una existencia orgullosa, miserable, odiosa, furiosa y resentida, y ahí abajo, en el abismo de la miseria en la que nos hemos convertido, surge miedo, una angustiante y constante preocupación por sí, motivo por el que creemos justificado el odio.

 La realidad es que ahí abajo los enemigos nos atormentan, castigan, hacen padecer y luego culpan o acusan a Dios y a otros de en derredor para que queramos odiar. Queriendo odiar ese veneno infernal entra en nosotros y así padecemos como condenados mientras estamos sufriendo transformaciones en ida que nos asemejan a demonios.

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